viernes, 6 de agosto de 2010

El club Black Star

Salí del piso furiosa con ropa nueva recién conjurada. Ahora mismo, mi vestido debería estar en el cesto de la ropa sucia mientras que yo llevaba un uniforme ajustado de dos piezas, un abrigo largo y calzaba unas botas altas, todo negro. Lo que había dicho James de mi parecido con las rosas negras no estaba muy desencaminado: hermosa, caprichosa, escasa y peligrosa. Había tardado media hora más en desperezar mi cuerpo y encima, ahora sentía mi cabeza como si fuera a estallar. Me dolía una barbaridad y cualquier sonido rezumaba en mis oídos con violencia. La voz de Nueva York tampoco ayudaba. Los cláxones de los coches, las sirenas, la música que salía de los diferentes antros de la ciudad… Todo me producía un dolor intenso y agudo. Cogí mi móvil y marqué el número de Ian de memoria. Contestó a la tercera señal.
-¿Amelia? ¿Mel, eres tú?
-Claro que soy yo, pesado. Cállate y escucha: ¿conoces un club llamado Black Star?
-¿Con quién crees que estás hablando? ¡Por supuesto que lo conozco! Uh, me encantaría ir… por lo que sé, es un garito de puta madre. Ese antro es una puerta al paraíso. De puertas a fuera, se ve como un club normal y corriente, pero de puertas a dentro, ¡es pura lujuria! Algunos magos y vampiros de mucha pasta se pasan por allí a pasárselo bien con humanas. Es un lugar exclusivo –hizo una pausa y siguió como si se hubiera dado cuenta de algo muy importante-. Eh… Preciosa, ¿no será que te apetece ir conmigo? Ya sabes, a bailar un rato… y a lo que surja…
-Escucha Ian, antes de eso preferiría morir, además… has dicho que es exclusivo, ¿verdad? Pues a ti nunca te dejarían entrar.
-Eres mala. ¿Yo te hago un favor y tú me sueltas eso?
-Exacto, un favor por el que cobras.
-Tienes suerte de que no te cobre en especias. Aunque bien mirado, sería una buena idea, ¿no crees?
-¿Sólo piensas en eso?
-Sólo si está relacionado contigo –adiviné una sonrisa socarrona al otro lado de la línea telefónica.
Cogí aire profunda y sonoramente para que desde el otro lado del teléfono, Ian oyera y sintiera mi crispación.
-Vaya, un mal día, ¿eh? Normalmente tardas un par de insinuaciones más antes de mosquearte. Bien, quieres la dirección, ¿verdad?
-Ajá.
-Pues escucha.
Ian me dio la dirección del club y un par de indicaciones que no acabé de entender muy bien debido a su falta de pericia a la hora de explicarse, pero al final, adiviné la zona donde se encontraba el antro.
-Gracias, Ian, te debo una.
-Melia, espera. Ve con cuidado. No me gusta mucho la idea de que vayas sola. Y no es que intente engañarte para llevarte a la cama, pero preferiría acompañarte.
-Ya, intenta mentir mejor, ¿vale, Ian?
-Mel, va enserio.
-No te preocupes, Ian, lo sé. Estaré atenta.
-De acuerdo. Que vaya bien.





҉ ҉ ҉






Ian tenía razón cuando dijo que por fuera, el club Black Star parecía un sitio normal y corriente. Era como una discoteca igual que las demás si no te fijabas en el detalle de que no había porteros ni luces de neón brillantes y chillonas. De hecho, sólo un cartel en blanco y negro que citaba el nombre del club daba a entender que aquel lugar no estaba abandonado. Ni siquiera se oía ruido de música ni se veía luz a través de los cristales ennegrecidos por la suciedad. Eso sólo daba a entender que allí sólo se entraba con invitación. Lástima que yo no la tuviera.

Me concentré unos instantes buscando una fuerza mágica y oculta que estuviera protegiendo el local, pero no noté nada y eso no me gustó.
No tenía elección, así que salí de mi escondite prácticamente enfrente del club y me dirigí a las puertas de metal oxidado intentando aparentar seguridad. Simular que tenía la sartén por el mango no me podía perjudicar ante lo que me encontrara seguidamente. Iba a llamar a la puerta cuando ésta se abrió un par de centímetros dejando abierto un resquicio por el que se colaba el sonido de música máquina, los gritos y las voces de muchas personas y una luz de color rojo e intermitente además de una especie de niebla blanquecina parecida al humo pero mucho más densa.
Me estaban esperando.
Me encomendé a la Luna y conjuré un par de pistolas que se materializaron inmediatamente en mis manos en medio de una estela fulgurante que desapareció rápidamente, y de una puntada de pie, terminé de abrir las finas láminas de metal que guardaban la entrada.
Fue como entrar en otro mundo.
Allí dentro, todo era distinto. Como Ian había dicho, era un lugar donde la lujuria reinaba. Una masa de gente informe se movía al ritmo de la música en medio de una orgía de cuerpos danzantes y de intercambios de salivas. Observé durante unos instantes los rostros de aquellas personas. La mayoría eran humanos que desconocían con quienes compartían pista, esos lucían auras de diferentes colores. Había individuos sin aura, simples títeres y juguetes creados por los magos para divertirles o estúpidos que habían vendido su alma. Pero había otras personas que destilaban un aura turbulenta. Esos eran los que me interesaban. Los conté desde la cima de las escalinatas que unían los dos metros cuadrados que seguían la entrada hasta el piso de abajo, donde había la pista de baile. Allí también había una barra donde algunas personas pedían bebida. Al lado, había unos servicios donde supuse que la higiene debía de ser prácticamente nula y seguidamente, había otras escaleras de caracol que unían la pista con otra sala que debía de ser la VIP, para decirlo de algún modo, donde mes esperaba mi querido James.
En total, había trece seres mágicos. Lo tenía mal, muy mal. Pero… eso era a lo que me dedicaba. Era hora de empezar la función.
Tiré las dos pistolas al aire haciéndoles dar vueltas y con un par de movimientos de las manos paralicé todos los humanos que había abajo e hice que las luces se apagaran. Los seres mágicos eran inmunes a las paralizaciones mágicas, así que hubiese sido absurdo mantener las luces encendidas aunque eso también implicaba una desventaja para mí. Entonces puse las palmas de las manos hacia arriba justo a tiempo para que coger las pistolas y que no cayesen al suelo.
Salté por encima de la valla que perfilaba el borde de la plataforma de la entrada y caí encima de la pista de baile clavando la rodilla en el suelo. Me levanté en menos de un segundo y me confundí entre los cuerpos de tantas personas. Entonces me escondí las armas en las detrás del abrigo e hice que volviera la luz y la vida a los cuerpos paralizados.
Escondida entre tanta gente, pude dar balance de la nueva situación. Las cinco criaturas del otro mundo del piso de arriba, habían conjurado sus propias armas, todos menos James, quien de brujo tenía poco. En el piso de abajo, cuatro de los ocho individuos peligrosos para mí desaparecieron del local al olerse problemas, pero los otros cuatro se quedaron aunque no conjuraron ningún tipo de armas. No debían de ser magos.
Aspiré profundamente y cuando estuve peligrosamente cerca de las escaleras que comunicaban con la sala VIP, volví a eliminar la vida de los humanos junto con la electricidad que alimentaba las luces. Esta vez, pero, aunque los humanos restaron como estatuas, la luz volvió y no por mi voluntad. Era la hora de jugar a los cazadores.
Al primero que ví moverse, le atravesó la cabeza una de mis balas. Me quedé quieta como una estatua esperando que aún no me hubieran localizado y por suerte así fue. Esta vez cambié de conjuro para dejarnos sin luz: hice que ésta brillara de color negro o hablando más claro, produciendo oscuridad en lugar de luminosidad. Así, tendría un poco más de tiempo hasta que encontraran un modo de solucionarlo. Aproveché para subir las escaleras, pero a medio camino, me sorprendió de nuevo la luz. Eran realmente rápidos pensando, demasiado para mi gusto.
Las tres criaturas que miraban de encontrarme en el piso de abajo lo hicieron inmediatamente y empezaron a disparar con una puntería, por suerte para mí, desastrosa. Me mezclé con los humanos otra vez mientras les devolvía la vida y aproveché para cambiar de posición aunque esta vez no funcionó. Sentí una bala rozarme el brazo y me encaré de cara a la dirección de donde había venido el balazo. Disparé al tipo que llevaba el arma y un chorro de sangre le salió del orificio que le había abierto en medio del corazón. Entonces oí otro disparo y me escondí entre la gente de nuevo, pero los humanos también lo habían oído y empezaron a huir del local en desbandada. Les maldije y me escondí detrás de la barra, vacía ya que el camarero también era humano y había huido.
Utilicé el reflejo del espejo que había detrás de las botellas de licores que había en la barra para localizar quien había disparado, pero me quedé congelada en ver que quien había asustado a toda esa gente era el mismo James que el que ahora mismo me estaba observando utilizando el mismo espejo que yo. Me miró directamente a los ojos y ví brillar su sonrisa en el espejo. Me estaba… ¿probando? Sí, estaba comprobando de lo que era capaz. Quise matarlo, pero primero tenía que acabar con sus secuaces.
El local quedó vacío.
Ahora sólo estábamos allí nosotros y un par de cadáveres en el suelo. Así que decidí jugarme el todo por el todo. Creé un monigote con mi apariencia y lo tiré a una velocidad descomunal por encima del mármol de la barra. Los dos esbirros cayeron en la trampa y dispararon a matar al monigote. Entonces, mientras aún no se habían dado cuenta del engaño y seguían distraídos con mi títere, saqué la cabeza por encima de la barra y acabé con la vida de ambos.
Apagué la luz de nuevo y me puse a salvo bajo la escalera que comunicaba con el piso de arriba. Desde allí, ni James ni sus compañeros podían alcanzar a verme. Pero ahora el tema se había puesto peliagudo. Subir hasta James sin que me alcanzaran era imposible y os convendría saber que yo no solía necesitar esa palabra para describir mis vivencias.
Conjuré un escudo, potente y que fuera como un paraguas pero un poco más pequeño que el diámetro de las escaleras de caracol.
Volví a aspirar aire. Si moría, al menos no sería por asfixia, eso estaba claro.
Cogí impulso y salí de mi escondite a gran velocidad, la misma con la que subí las escaleras de dos en dos. Sentí los impactos de las balas mellando la resistencia del escudo, pero ahora ya no podía parar. Llegué al piso de arriba y empujé a un lado a uno de los hombres con el escudo mientras disparaba a otro. Entonces lo moví para protegerme de otra bala y acabé con el tipo al que había apartado de un empujón. Dos menos. Sentí el impacto de más balas. Las conté. Cargador vacío. Con la última bala, el escudo había parpadeado intermitentemente, estaba a las últimas. Lo tiré hacia mis atacantes y aproveche su desconcierto para cargarme a uno en medio del salto que pegué para esconderme detrás del sofá que había en medio de la sala. Inmediatamente, un par de boquetes agujerearon las almohadas y el respaldo de color carmín del sofá soltando un puñado de plumas blancas. Miré por uno de ellos y metí mi pistola por el otro, apunté y se acabó.
Salí de mi escondite jadeando pero perfectamente sana mientras apuntaba a la cabeza de James con las dos pistolas.
Él aplaudió.
-Genial. Ha sido espectacular, eres buenísima. La mejor Hunter que me ha perseguido jamás. Debo felicitarte, porque, han sido bastantes, así que, felicidades, has ganado.
Harta de tanta habladuría, disparé al vacío haciendo que la bala le pasara junto a la oreja.
-Cállate –dije.
-Como gustes, princesa, pero yo de tú, miraría a mis espaldas.
-He dicho que te…
De repente, a media frase, sentí un golpe en la nuca y seguidamente todo quedó en negro. Me había confiado de nuevo y había cometido otro error. Mis dos primeros errores en un solo día. Estaba harta, debía acabar con eso.

viernes, 23 de julio de 2010

James

Los rayos de la Luna se colaban por los grandes ventanales de cristal del piso e iluminaban la espaciosa habitación. Las sabanas de seda brillaban con un esplendor especial que se reflejaba en mi cara mientras observaba el paisaje neoyorquino, despierto a medianoche.
Apoyé la frente en el cristal. Mi aliento se condensó en la ventana creando un halo que desapareció lentamente. Entonces, él me posó la mano en el hombro y me besó en el cuello desnudo. Sentí su aliento sobre la piel y sentí placer aunque no dejé que lo que eso me dominase. Me pasó una mano por la cintura y con la otra me cogió de la mano para hacer-me dar media vuelta. Quedamos cara a cara rozándonos mutuamente y compartiendo el poco oxígeno que había entre nuestros cuerpos. Clavó sus profundos y verde-azules ojos en los míos y me besó de nuevo en el cuello. Entonces fue subiendo lentamente, recorriendo mi cuerpo con sus labios hasta llegar a mis labios. Allí se quedó un rato y luego paró para dedicarme una de sus irresistibles y misteriosas sonrisas aunque para mí, su misterio era totalmente conocido.
Aunque tenía los ojos cerrados, cogió certeramente la cremallera de mi vestido negro y la bajó delicadamente. Realmente era un experto en el arte de la seducción y del placer. Saqué el brazo del fino tirante del vestido y dejé que James lo hiciera con el otro. Entonces hizo deslizar el vestido sobre mi piel hasta que cayó al suelo. No llevaba sujetador. Besó uno de mis pechos al descubierto y me estremecí. Con el pie descalzo acaricié su pierna y empecé a desatarle la camisa blanca. Sus musculosos abdominales quedaron al descubierto y los besé con devoción, y entonces… se desplomó.
Cayó de bruces al suelo como si estuviera muerto.
Le giré bruscamente. Había acertado con el veneno: seguía consciente aunque los músculos de su cuerpo se habían relajado hasta tal punto que perdió el control sobre ellos. Sus ojos me miraron acusadores. Sabía perfectamente lo que estaba pasando. Cogí el vestido del suelo y me lo volví a poner. Era mi favorito, y que lo hubiese escogido para él decía mucho a su favor. Era una presa digna de admirar. Había huido de nosotros durante mucho tiempo y había disfrutado de su don todo lo que había podido. Ahora había llegado el momento de pagar por ello.
-Bueno, supongo que ahora mismo, más o menos, ya sabrás quien soy. Mi nombre real es Amelia y trabajo para Nystian en la Academia. No te preocupes, la poción que te he administrado dejará de hacerte efecto en unas tres horas. Hasta entonces puedes aprovechar para tirarte una siesta.
De repente, sentí un calambrazo que me recorrió la espinada y sentí un mareo espantoso que me hizo perder el sentido por unos segundos. Me pasé la mano por la frente y me asusté en sentirla ardiendo. Me apoyé en los cristales de la ventana otra vez y me dejé caer hasta el suelo de espaldas al paisaje de Nueva York. Empecé a sudar y a jadear. Me faltaba el aliento y se me nubló la vista. Entonces caí en la cuenta de que los síntomas que sufría coincidían con los que producía el jugo de la rosa negra.
Miré a James y vi una sonrisa brillar en sus ojos.
-Siempre has sabido quien era. Maldita sea, nos hemos envenenado mutuamente. Menuda estupidez.
Entonces me desplomé del mismo modo que James. El veneno de la rosa negra era realmente peligroso. Sus efectos ni siquiera duraban más de tres horas, pero los efectos secundarios podían ser terribles.
Me sentí indignada. Aquella falta por mi parte era absurda. Era la mejor de entre los profesores de la Escuela, pero sobretodo era la mejor Hunter de todos los magos del momento. Pero aquella falta de principiante… no era propia de mí. Me sentía fatal.
Miré a James destilando odio, pero la sorna de sus ojos me sacó de mis casillas. Ahora sólo era cuestión de ver a quién se le pasaba antes el efecto de la poción que se había tomado.
El tiempo pasó lento mientras la luz de la luna iba desfilando por la sala iluminando desde diferentes ángulos nuestros cuerpos junto al mobiliario de la habitación. Des de mi posición podía ver el reloj, cosa que me desesperaba aún más porque cada minuto pasaba más lento que el anterior.
De repente, ví que James había conseguido mover un dedo. ¡Mierda!, pensé. Los efectos empezaban a dejar de hacerle efecto. Intenté hacer lo mismo, pero era absolutamente incapaz de mover ni tan solo una articulación. La desesperación se apoderó de mí y sentí auténtico pánico. No hablo de un miedo que pudiese controlar sino de un miedo que me empezó a controlar a mí. Un miedo que me heló la sangre y me hizo sudar frío, un miedo que no me dejaba pensar y que me habría hecho llorar si mis lagrimales no estuvieran paralizados. Si él conseguía recobrar el control sobre su cuerpo ni que fuese un minuto antes que yo, podía implicar el fin para mí, y por primera vez, la idea de morir me dio miedo. Siempre había sabido que mi trabajo era peligroso, pero nunca pensé que podría morir por culpa de un error mío, el primero que cometía en los largos años que había hecho de Hunter. Intenté concentrar-me, pero era imposible hacer-lo. Sentía la presión de la situación en mi mente y en mi cuerpo.
-Ah… Nunca me acostumbraré al hecho de ser envenenado.
Cerré los ojos: estaba sentenciada. Dejé de sentir miedo, tan solo resignación. Si podía hablar podría moverse en menos de diez minutos. James dobló los brazos e intentó ponerse en pie o al menos sentarse apoyándose contra el cristal, y aunque lo primero le fue imposible, lo último lo consiguió.
-Vaya, vaya… Amelia, de verdad, me sorprende que no te dieras cuenta de que te suministré el veneno de la rosa. Sé que fue peligroso escogerlo, pero en cuanto supe que la mejor de los Hunters iba a por mí, decidí que… bueno… ojo por ojo y rosa por rosa, ya me entiendes, y tú eres la más bella de todas. Aunque, quien soy yo para decirte algo que ya sabes. ¿Y lo mejor sabes qué es? Que tienes los labios de tu madre y los ojos y el cabello de tu padre. Eres tan bonita…
“Bueno, dejémonos de cumplimientos y vayamos a lo que nos importa. Me queda una cosa por hacer antes de dejarme cazar, así que tendrás que esperar un poco. Pero no te preocupes. Cuando se te pase el efecto de la poción, ven al Club The Black Star. Te esperaré allí.
Acto seguido, James se levantó. Al principio le costó un poco, pero lo consiguió. Movió los dedos uno a uno como para comprobar que realmente había conseguido recuperar el control de su cuerpo. Entonces se ató los botones de la camisa que tres horas antes le había desatado yo misma con mis propias manos, se acercó a mí, me besó en la frente y me guiñó un ojo.
-Adiós, preciosa, hasta de aquí a un rato.
James salió por la puerta después de coger su cazadora de cuero negra y cerrándola, me dejó sola.
Durante el poco tiempo más que pasé allí, tirada en el suelo, no pude evitar pensar en lo que acababa de decir aquel fugitivo. Aunque le tomé por mentiroso o por idiota, no me acuerdo, empecé a sentir una desazón en mi pecho que me dejó preocupada. Sabía que algo no estaba bien, no sé si por la seguridad que James empleó o por el propio peso de las palabras que empleó. Me había dicho que me parecía a mis padres, ¿es que acaso él sabía algo que yo desconocía? Era huérfana, no sabía quienes habían sido mis padres y además, no conservaba ninguna fotografía o retrato de ellos. Aquello era un rompecabezas sin sentido además de un callejón sin salida y no me gustaba romperme la cabeza para nada, así que lo dejé estar. La otra cosa que me interesaba de lo que había dicho era lo del club de la Estrella Negra. ¿Sería una trampa? Seguramente, pero era lo que James esperaba que hiciera, y eso es lo que haría. Una cosa la tenía clara, él no mentía, así que estaría allí. Ahora, era a mí a quien le tocaba tirar y ahora, estaría preparada por cualquier cosa. Yo no repetía dos veces mis errores. Jamás.