viernes, 23 de julio de 2010

James

Los rayos de la Luna se colaban por los grandes ventanales de cristal del piso e iluminaban la espaciosa habitación. Las sabanas de seda brillaban con un esplendor especial que se reflejaba en mi cara mientras observaba el paisaje neoyorquino, despierto a medianoche.
Apoyé la frente en el cristal. Mi aliento se condensó en la ventana creando un halo que desapareció lentamente. Entonces, él me posó la mano en el hombro y me besó en el cuello desnudo. Sentí su aliento sobre la piel y sentí placer aunque no dejé que lo que eso me dominase. Me pasó una mano por la cintura y con la otra me cogió de la mano para hacer-me dar media vuelta. Quedamos cara a cara rozándonos mutuamente y compartiendo el poco oxígeno que había entre nuestros cuerpos. Clavó sus profundos y verde-azules ojos en los míos y me besó de nuevo en el cuello. Entonces fue subiendo lentamente, recorriendo mi cuerpo con sus labios hasta llegar a mis labios. Allí se quedó un rato y luego paró para dedicarme una de sus irresistibles y misteriosas sonrisas aunque para mí, su misterio era totalmente conocido.
Aunque tenía los ojos cerrados, cogió certeramente la cremallera de mi vestido negro y la bajó delicadamente. Realmente era un experto en el arte de la seducción y del placer. Saqué el brazo del fino tirante del vestido y dejé que James lo hiciera con el otro. Entonces hizo deslizar el vestido sobre mi piel hasta que cayó al suelo. No llevaba sujetador. Besó uno de mis pechos al descubierto y me estremecí. Con el pie descalzo acaricié su pierna y empecé a desatarle la camisa blanca. Sus musculosos abdominales quedaron al descubierto y los besé con devoción, y entonces… se desplomó.
Cayó de bruces al suelo como si estuviera muerto.
Le giré bruscamente. Había acertado con el veneno: seguía consciente aunque los músculos de su cuerpo se habían relajado hasta tal punto que perdió el control sobre ellos. Sus ojos me miraron acusadores. Sabía perfectamente lo que estaba pasando. Cogí el vestido del suelo y me lo volví a poner. Era mi favorito, y que lo hubiese escogido para él decía mucho a su favor. Era una presa digna de admirar. Había huido de nosotros durante mucho tiempo y había disfrutado de su don todo lo que había podido. Ahora había llegado el momento de pagar por ello.
-Bueno, supongo que ahora mismo, más o menos, ya sabrás quien soy. Mi nombre real es Amelia y trabajo para Nystian en la Academia. No te preocupes, la poción que te he administrado dejará de hacerte efecto en unas tres horas. Hasta entonces puedes aprovechar para tirarte una siesta.
De repente, sentí un calambrazo que me recorrió la espinada y sentí un mareo espantoso que me hizo perder el sentido por unos segundos. Me pasé la mano por la frente y me asusté en sentirla ardiendo. Me apoyé en los cristales de la ventana otra vez y me dejé caer hasta el suelo de espaldas al paisaje de Nueva York. Empecé a sudar y a jadear. Me faltaba el aliento y se me nubló la vista. Entonces caí en la cuenta de que los síntomas que sufría coincidían con los que producía el jugo de la rosa negra.
Miré a James y vi una sonrisa brillar en sus ojos.
-Siempre has sabido quien era. Maldita sea, nos hemos envenenado mutuamente. Menuda estupidez.
Entonces me desplomé del mismo modo que James. El veneno de la rosa negra era realmente peligroso. Sus efectos ni siquiera duraban más de tres horas, pero los efectos secundarios podían ser terribles.
Me sentí indignada. Aquella falta por mi parte era absurda. Era la mejor de entre los profesores de la Escuela, pero sobretodo era la mejor Hunter de todos los magos del momento. Pero aquella falta de principiante… no era propia de mí. Me sentía fatal.
Miré a James destilando odio, pero la sorna de sus ojos me sacó de mis casillas. Ahora sólo era cuestión de ver a quién se le pasaba antes el efecto de la poción que se había tomado.
El tiempo pasó lento mientras la luz de la luna iba desfilando por la sala iluminando desde diferentes ángulos nuestros cuerpos junto al mobiliario de la habitación. Des de mi posición podía ver el reloj, cosa que me desesperaba aún más porque cada minuto pasaba más lento que el anterior.
De repente, ví que James había conseguido mover un dedo. ¡Mierda!, pensé. Los efectos empezaban a dejar de hacerle efecto. Intenté hacer lo mismo, pero era absolutamente incapaz de mover ni tan solo una articulación. La desesperación se apoderó de mí y sentí auténtico pánico. No hablo de un miedo que pudiese controlar sino de un miedo que me empezó a controlar a mí. Un miedo que me heló la sangre y me hizo sudar frío, un miedo que no me dejaba pensar y que me habría hecho llorar si mis lagrimales no estuvieran paralizados. Si él conseguía recobrar el control sobre su cuerpo ni que fuese un minuto antes que yo, podía implicar el fin para mí, y por primera vez, la idea de morir me dio miedo. Siempre había sabido que mi trabajo era peligroso, pero nunca pensé que podría morir por culpa de un error mío, el primero que cometía en los largos años que había hecho de Hunter. Intenté concentrar-me, pero era imposible hacer-lo. Sentía la presión de la situación en mi mente y en mi cuerpo.
-Ah… Nunca me acostumbraré al hecho de ser envenenado.
Cerré los ojos: estaba sentenciada. Dejé de sentir miedo, tan solo resignación. Si podía hablar podría moverse en menos de diez minutos. James dobló los brazos e intentó ponerse en pie o al menos sentarse apoyándose contra el cristal, y aunque lo primero le fue imposible, lo último lo consiguió.
-Vaya, vaya… Amelia, de verdad, me sorprende que no te dieras cuenta de que te suministré el veneno de la rosa. Sé que fue peligroso escogerlo, pero en cuanto supe que la mejor de los Hunters iba a por mí, decidí que… bueno… ojo por ojo y rosa por rosa, ya me entiendes, y tú eres la más bella de todas. Aunque, quien soy yo para decirte algo que ya sabes. ¿Y lo mejor sabes qué es? Que tienes los labios de tu madre y los ojos y el cabello de tu padre. Eres tan bonita…
“Bueno, dejémonos de cumplimientos y vayamos a lo que nos importa. Me queda una cosa por hacer antes de dejarme cazar, así que tendrás que esperar un poco. Pero no te preocupes. Cuando se te pase el efecto de la poción, ven al Club The Black Star. Te esperaré allí.
Acto seguido, James se levantó. Al principio le costó un poco, pero lo consiguió. Movió los dedos uno a uno como para comprobar que realmente había conseguido recuperar el control de su cuerpo. Entonces se ató los botones de la camisa que tres horas antes le había desatado yo misma con mis propias manos, se acercó a mí, me besó en la frente y me guiñó un ojo.
-Adiós, preciosa, hasta de aquí a un rato.
James salió por la puerta después de coger su cazadora de cuero negra y cerrándola, me dejó sola.
Durante el poco tiempo más que pasé allí, tirada en el suelo, no pude evitar pensar en lo que acababa de decir aquel fugitivo. Aunque le tomé por mentiroso o por idiota, no me acuerdo, empecé a sentir una desazón en mi pecho que me dejó preocupada. Sabía que algo no estaba bien, no sé si por la seguridad que James empleó o por el propio peso de las palabras que empleó. Me había dicho que me parecía a mis padres, ¿es que acaso él sabía algo que yo desconocía? Era huérfana, no sabía quienes habían sido mis padres y además, no conservaba ninguna fotografía o retrato de ellos. Aquello era un rompecabezas sin sentido además de un callejón sin salida y no me gustaba romperme la cabeza para nada, así que lo dejé estar. La otra cosa que me interesaba de lo que había dicho era lo del club de la Estrella Negra. ¿Sería una trampa? Seguramente, pero era lo que James esperaba que hiciera, y eso es lo que haría. Una cosa la tenía clara, él no mentía, así que estaría allí. Ahora, era a mí a quien le tocaba tirar y ahora, estaría preparada por cualquier cosa. Yo no repetía dos veces mis errores. Jamás.